martes, 16 de enero de 2007

Siento olor a Montevideo (la vuelta de mis vacaciones).

Una vez depositado frente a mi casa me dispongo a buscar las llaves entre un sinfín de papeles, envoltorios de caramelos, pañuelos descartables, clips para hojas y demás residuos que frecuentan el bolsillo menor de mi Jansport.
“Tómelo con calma”, me dije, “usted está a tres puertas de su edén personalizado”*.
Tras medio minuto de allanamiento las llaves llegaron a mis manos. Destrabé una a una las siete cerraduras que separan mi pequeño hogar del mundo exterior, desactivé la alarma, descolgué de mis hombros los cinco bultos de equipaje y me tiré en una cama. Hay olor a óleo y madera. Hay olor a mi casa. Llegué.


*A veces me trato de ‘usted’. No, jamás leí libros de autoayuda, no sean mal pensados, idiotas.

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